
Una web no se estropea de golpe. Se va quedando atrás en silencio: un plugin sin actualizar, un formulario que dejó de enviar correos, una copia de seguridad que nadie ha probado nunca. Y el problema aparece justo el día que llega un cliente importante.
1. Actualizaciones, aunque no se note nada
La mayoría de webs que se hackean no son objetivos elegidos: son webs con una versión vieja que un robot encontró sola. Actualizar WordPress y sus plugins es aburrido y es lo que más te protege. Eso sí: con copia antes, por si una actualización se lleva algo por delante.
2. Copias que de verdad se puedan restaurar
Tener copia de seguridad no es lo mismo que poder recuperarla. Merece la pena probar una restauración de vez en cuando: es la única forma de saber que existe y que sirve. Una copia que nadie ha abierto nunca es una promesa, no una garantía.
3. Que los formularios sigan llegando
Es el fallo más silencioso de todos. El formulario parece funcionar, el visitante ve el mensaje de «gracias», y el correo no llega a ninguna parte. Escríbete tú mismo desde el formulario una vez al mes: es un minuto y evita perder clientes sin enterarte.
4. Enlaces rotos y páginas que sobran
Cambias un servicio, borras una página y quedan enlaces apuntando al vacío. No es grave, pero da mala impresión y Google lo nota. Una revisión rápida cada tanto mantiene la casa en orden.
La idea de fondo
El mantenimiento no se ve cuando está bien hecho: se nota justo cuando falta. Media hora al mes evita casi todos los sustos, y los que no evita te pillan con una copia reciente en la mano.